Pensamientos y Reflexiones
Entre el cielo y la Tierra
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, que me pegaba intensa pero suavemente en los ojos. A mi derecha habia una serie de personas que a primera vista no conocía,no obstante me eran bastante familiares. A mi izquierda, algo así como un espejo del mismo largo del camino, pero que no me reflejaba, por lo menos de la manera que debía hacerlo. Era curioso pero en ese espejo veía a un niño que se parecía a mí, al ver a mis padres más jóvenes y vigorosos, y hermanos todavía pequeños, me di cuenta que era yo. Una cierta alegría nerviosa me hacía sonreír y recordar maravillosos momentos juntos: el parque, el colegio, las navidades, las fiestas de cumpleaños, los veranos en la playa, el campo, entre muchas otras situaciones. Me hubiese gustado que también ellos lo pudieran ver en esos momentos junto conmigo. Era gracioso observar mi vida a través de un espejo; había, incluso, cosas que me hacían sonrojar. No es fácil, ver desde afuera, lo bueno y lo no tan bueno que has hecho en la vida, ya que, hasta sin quererlo, haces una especie de mea culpa por todas las situaciones vividas. No sé tampoco, si son las palabras adecuadas y correctas, pero tengo la impresión que mi conciencia se había elevado, ya que de pronto comencé a saber cosas que jamás se me pasaron por la cabeza. Miré pausadamente hacia todos lados, en algún momento se me pasó por la mente también, que alguien más estaba mirando todo lo que estaba sucediendo, aunque nunca podré saber exactamente, desde qué lugar.
Las personas a mi derecha se me hacían cada vez más familiares, a medida que avanzaba por ese camino: abuelos, tíos, primos, vecinos, profesores, compañeros de curso y universidad, amigos y una serie de personas que en algún momento nos habíamos sólo cruzado por diferentes caminos de la vida. A algunos me daba gusto tenerlos tan cerca de mí, después de tanto tiempo sin saber de ellos. Aunque sus rostros ya no eran los mismos, ahora alegres y armónicos, llenos de dicha y felicidad, sin preocupaciones, estaba seguro quienes eran realmente. Es más, sus propias vidas pasaban por mi mente, en algún momento pensé que la mía pasaba por la cabeza de ellos, lógicamente eso no podía ser… ¿o sí? A pesar de la incertidumbre y lo misterioso de estas situaciones, la paz y la alegría interior que me invadían eran indescriptibles. De un momento a otro, las personas a mi derecha iban desapareciendo poco a poco, mientras tanto en el espejo veía como pasaba mi vida a toda velocidad, no había mucho tiempo de pensar o detenerse, sin embargo no tenía miedo. Miles de imágenes por segundo quedaban en mi memoria, yo diría que más bien recordaba aquellas situaciones. Era todo muy extraño y, de pronto, me empecé a angustiar, mi pecho se apretaba como si empezara a descubrir la situación a la que me estaba enfrentando; mi corazón saltaba de nerviosismo y mis ojos se llenaban de lágrimas, al secármelos, me vi cruzando la calle por la que hace sólo unos momentos caminaba, iba tan preocupado de todo lo que tenía que hacer, la fiesta, los invitados, la torta y el regalo, que ni siquiera miré hacia los lados. De pronto un hombre muy alto y grueso, al que no podía verle su rostro de manera nítida, ya que la luminosidad del ambiente me lo impedía, me interrumpió; sin embargo, sus ojos penetraban no sólo esa intensa luminosidad del ambiente, sino también mi alma y con una voz grave pero muy suave, de esas que te dan tranquilidad y que llegan a lo más profundo de tu ser, y una dulzura que, ahora, invadía mi corazón, me dijo que no tuviera miedo, que dejara mis preocupaciones y temores por unos instantes a un lado, que por fin iba a cumplir todo lo que había soñado en la vida, que pensara en todo lo que había querido pedirle a Dios, que con toda confianza le pidiera lo que quisiera y que, personalmente se iba a encargar de que mi familia pudiera disfrutar de ello. Cuántas veces pensé que Dios ni siquiera me escuchaba, cuántas veces, al hacer oración, lo vi tan en lo alto y lejano, de manera inalcanzable, cuántas veces creí que estaba solo, cuántas veces pensé que nunca iba a poder comunicarme con El, cuántas veces puse en duda su existencia, cuántas veces, simplemente, me equivoqué al pensarlo. Es extraño para una persona como yo, que todo lo cuestiona y lo pone en duda, pero estaba seguro que no sólo me hablaba en serio, sino que además, ese hombre del que no sabía ni cómo se llamaba, pero creía saber de parte de quien venía, podía cumplir con su palabra, pero por otro lado, creo que no dimensionaba la exacta magnitud y el significado de todos sus dichos: un auto nuevo, una casa en la playa, una parcela en el campo, el viaje por Europa que siempre habíamos soñado, en fin, tantas cosas que se me pasaron por la mente en esos instantes. Sin embargo, la emoción de semejantes palabras no me impidió mirar nuevamente al espejo, ese que ahora más lenta y detalladamente me mostraba mi vida, no me podía convencer de lo que mis ojos estaban viendo, era yo tendido en el suelo, con sangre en la cabeza y el rostro, y mucha gente a mi alrededor. Me estaban reanimando y, por las caras del médico y la enfermera, parecía que habían pasado largos minutos y había muy poco por hacer. Realmente hubiese preferido no saber en donde estaba. La vista se me nubló, sentía que las costillas estaban enterradas en mis pulmones y fuertes impulsos eléctricos recorrían todo mi cuerpo, principalmente mi corazón, a cada instante me costaba más respirar, no podía verme bien, ya que algo líquido y espeso inundaba mis ojos, y el intenso dolor a la tibia y peroné de mi pierna derecha, me hacía suponer que estaban quebradas. Sentía que la cabeza me iba a estallar por el dolor y, una especie de sudor caliente y espeso, me recorría hasta los hombros. El dolor definitivamente, me estaba invadiendo, lo extraño era que a medida que más caminaba, más iba desapareciendo, pero lo peor de todo era que comenzaba a oír lo que la gente a mi alrededor gritaba, era realmente ensordecedor, oírlos a todos a la vez, gracias a Dios que nadie de mi familia, estaba ahí presente para verme en esas condiciones, entonces era la angustia la que ahora comenzaba a invadir mi corazón. Era el cumpleaños de mi hijo. Lo recordé por el regalo tirado en el suelo, pensé que para ellos ya nada sería lo mismo, pero también en algún momento creí, que a lo que había venido a este mundo, ya lo había cumplido. De todas maneras me quedé unos instantes en silencio, cerré los ojos, con mucha dificultad respiré tres veces profundamente y cuando iba a seguir avanzando, le pedí a ese hombre que simplemente, me devolviera a donde todavía pertenecía…”
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